8.20.2009

MASCApalabras 433. The New Raemon


Ser constante con la carretera es un reto del cual pocas veces se resulta victorioso. Dónde queda la victoria? en los moteles? en los puticlubs? en el kilómetro cero del centro de la tierra?.

Quien te acompañe en el viaje, será fiel escudero de la derrota que inflingan las venas que surcan estos campos ibéricos. Compañeros que no son mas que notas, fantasmas voraces que llenan las autopistas del orbe.

The New Raemon ha sido testigo. Este MASCApalabras, elegido por Fran, autor de la compilación, da en el clavo acertadamente. Un tema que en principio entro en mi cabeza con mal pie, pero como regularmente sucede, convirtió sus notas en referencias de estos últimos meses de viaje.


GARFUNKEL

Desmemoriado quiero estar,
para ser olvidadizo
y desatender lo nuestro,
si es que alguna vez hubo algo de eso.

Me miras bien y te das cuenta
de que todo se nos fue a la mierda.
El tejado lleno de piedras
que nos cubren de distancia.

Se nos va ya el santo al cielo,
por querer ya ni te quiero,
si no es así lo omitiremos.

Qué mala memoria,
qué mala memoria...

Te mereces mi consenso,
la catástrofe fue inmensa,
tú a Bailén, yo a Baifugona.
Ya no se aceptan más bromas,
tú me hablas de colchones,
yo te agobio con canciones,
de deseos miserables,
de una vida de desastres,
sonarán todos los clásicos
y un quejido lastimoso,
varios puntos de sutura,
todos los clichés de una ruptura.

Qué mala memoria...

Yy ahora compartimos noches
con el primero que pasa,
y abrazamos las cucharas
para ver si alguna encaja.
Y si trae comida china,
el chino del oso panda,
de repente se me enfría
y el arroz se me atraganta.

Yo soy Simon, tú Garfunkel,
yo soy Simon, tú Garfunkel...

(The New Raemon, "A próposito de Garfunkel")

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8.17.2009

MASCApalabras. Entrega 432 Manuel Castillo

"[...] Que el poder pretenda organizar (y por tanto controlar) la movilización y acción juvenil y su capacidad crítica es de risa y un síntoma más de esta sociedad burocratizada hasta el esperpento, adocenada e inmovilizada. Será porque los políticos que la impulsan nacieron, crecieron y se desarrollaron en una burbuja política, por supuesto subvencionada. Del colegio a la universidad, al partido político, al cargo público, a la lista electoral, al coche oficial, a la clase business, a la renta vitalicia y al retiro merecido tras una larga trayectoria cargada de reconocimientos, medallas, homenajes y galardones como gratitud por una subvención. Son los miembros del Club de los 3.000, integrados por jóvenes cachorros del PSOE y del PP que a los veintitantos no han conocido otra cosa que la política, el aparato del partido, un curso de cómo hablar en público y una nómina de 3.000 euros al mes como concejal, diputado o parlamentario.

Por lo menos, la generación de Felipe González y José María Aznar aprendió antes a buscarse la vida y en su juventud consideraba la política el medio para cambiar el mundo y no el fin de una plácida existencia.

El poder político anda desbocado en su objetivo de controlarlo todo hasta el mínimo detalle, de dirigir nuestras vidas. Por ello es tan importante el control de su actividad, de las cuentas públicas, de sus decisiones y pedirles explicaciones por ello [..]"

(Manuel Castillo, La Voz, 21 de diciembre de 2008)

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8.12.2009

(Sin título)

No importa si es un grito
o muchos gritos,
la niñez se esfuma
como el vapor - ahora inexistente-
de aquellos barcos
que surcaron el Missisipi.

No importa si este grito
es un llanto en caída,
se repite a un lado
y entonces hace lo mismo
en el otro lado,
todo grito siempre es un eco,
que nunca será perdido.
Que nunca se detendrá.


del poemario inédito Montañas de Aurelia
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02:01 hrs.

02:01 hrs.

Ciertas cosas se revelan

diminutas, como el trigo

Somos pan.


Del poemario inédito Larga contemplación de la ciudad.

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MASCApalabras Entrega 431. Rafael Azcona


egro, con un talante personal que nunca perdió.

Pertenecía a la generación de los años cincuenta, en compañía de Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Fernández Santos. Eran escritores de vino tinto servido en vaso chato en los mostradores siempre mojados de las tabernas madrileñas. Después de pasar por La Codorniz, Rafael Azcona estaba destinado a alimentar el realismo social y sin llegar a exaltar la berza como estandarte, sus escritos se llenaron de gente de un costumbrismo de pensión, de funcionarios derrotados, de chicas llenas de amor melancólico, pero un día vino a rescatarlo Marco Ferreri y se lo llevó a Italia.

Antes, en la Ibiza de los años cincuenta, donde recaló junto con las primeras aves del paraíso, Azcona descubrió que allí bastaba con ponerse un foulard para que te admitieran en cualquier fiesta, pero la Roma de los años sesenta le enseñó que a este mundo se había venido simplemente a gozar de la vida y no a atormentarse, como sucedía en España. En Roma nadie hablaba del bien morir. Allí se educaba a la gente para vivir lo mejor posible. En cambio, durante años la enseñanza en España estaba encaminada a que uno fuera al cielo y el camino más recto era no haber disfrutado nada en este mundo y haber recibido la extremaución con la bendición apostólica.

Hay alimentos que son proteína pura, sin grasa, excipientes ni colorantes. Ése era Rafael Azcona, un tipo que había logrado ese equilibrio perfecto entre la visión más tierna y desgraciada de la gente, su despecho, su compasión y su inalterable rigor. Un día supimos que estaba gravemente enfermo. Con la muerte soplándole la nuca acudía a la cita con sus amigos en el restaurante. No perdió nunca su alegría descarnada. Y al final ejecutó su última obra maestra. La muerte es una cosa muy obscena y las pompas fúnebres una muestra macabra de mal gusto. Una voz nos comunicó que Azcona había muerto cuando ya estaba incinerado. Su ideal había sido morir lo más tarde posible, en perfecto estado de salud, en la cama, dormido, y sin ningún problema. Sin dar con su cadáver tres cuartos al pregonero. Llevó bien la corta enfermedad. El médico dijo que sólo le sobraron ocho días. Hasta ese momento en la cama estuvo escribiendo un guión que trataba de gente de la calle, tributable, anónima, feliz a ratos y siempre derrotada. Una historia más de sus criaturas.

(Manuel Vicent, El País, 1 de agosto de 2009)


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MASCApalabras Entrega 430. Ernesto Cardenal


EPIGRAMA

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

(Ernesto Cardenal)


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8.09.2009

MASCApalabras Entrega 429. Vicente Ferrer


VICENTE FERRER

Algunos de los mejores misioneros que conocí en África abandonaron la Iglesia a los pocos años. Se casaron (o se buscaron una pareja) e iniciaron una nueva vida en otro sitio. Los recuerdo en sus iglesias de ladrillo, en sus escuelas con pupitres hechos de troncos, en sus dispensarios donde muchos enfermos tenían que dormir en el suelo. Esos misioneros -y las monjas que trabajaban con ellos- son las personas más valientes que he conocido, pero un día se hartaron de hacer lo que hacían. Y no es que se cansaran de África, nada de eso, sino de las imposiciones absurdas de la jerarquía eclesiástica.

L
a Iglesia católica haría bien en preguntarse por qué la abandonan muchos de sus mejores miembros. Si un club de fútbol perdiera cada año a sus mejores jugadores, ese club tendría que llegar a la conclusión de que algo está haciendo mal en su programación deportiva. Y algo así le está pasando a la Iglesia católica, sobre todo por su obsesión patológica con el celibato y con el sexo. Jesús no parecía tener ningún temor a las mujeres, y les hablaba de tú a tú y las escuchaba y las respetaba. Algunas de las escenas más hermosas del Evangelio desprenden un delicado erotismo, como ocurre en los dos encuentros de Jesús con María, la hermana de Lázaro. Pero la Iglesia actúa de una forma muy distinta y dedica una gran parte de sus energías a despotricar contra los peligros apocalípticos del preservativo o del simple disfrute del sexo. ¿Es que no existe otro tema más importante en este mundo?

Sólo así se explica que un hombre como Vicente Ferrer, que fue jesuita y que hizo algunas de las cosas más admirables que podamos imaginar en esta tierra, se saliera de la Iglesia en 1970, después de haber sido sacerdote durante casi un cuarto de siglo. Las informaciones definen a Vicente Ferrer como un filántropo, como si fuera un Bill Gates cualquiera, pero el sustantivo es erróneo. Los filántropos firman cheques en su despacho y luego se hacen una foto en el hospital que han financiado, al que viajan en su jet privado junto con su estilista y su mayordomo y su cocinero. Y Vicente Ferrer no era así. Dormía en una vivienda humilde, comía lo mismo que comían sus vecinos de Andhra Pradesh, pensaba como ellos, hacía lo mismo que ellos. Para mejorar las condiciones de vida de una de las zonas más pobres de la India, abrió pozos, buscó créditos, combatió los tabúes religiosos y defendió a los parias de la casta de los intocables. Una de las primeras cosas que hacía era abrir un centro de planificación familiar. Nuestra inteligente Iglesia se oponía a esta iniciativa, así que ahora, en vez de tener un santo cristiano -como en realidad fue Vicente Ferrer-, tenemos que conformarnos con un "filántropo". Sea eso lo que sea.

(Eduardo Jordá, Grupo Joly, 2 de junio de 2009)

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8.20.2009

MASCApalabras 433. The New Raemon


Ser constante con la carretera es un reto del cual pocas veces se resulta victorioso. Dónde queda la victoria? en los moteles? en los puticlubs? en el kilómetro cero del centro de la tierra?.

Quien te acompañe en el viaje, será fiel escudero de la derrota que inflingan las venas que surcan estos campos ibéricos. Compañeros que no son mas que notas, fantasmas voraces que llenan las autopistas del orbe.

The New Raemon ha sido testigo. Este MASCApalabras, elegido por Fran, autor de la compilación, da en el clavo acertadamente. Un tema que en principio entro en mi cabeza con mal pie, pero como regularmente sucede, convirtió sus notas en referencias de estos últimos meses de viaje.


GARFUNKEL

Desmemoriado quiero estar,
para ser olvidadizo
y desatender lo nuestro,
si es que alguna vez hubo algo de eso.

Me miras bien y te das cuenta
de que todo se nos fue a la mierda.
El tejado lleno de piedras
que nos cubren de distancia.

Se nos va ya el santo al cielo,
por querer ya ni te quiero,
si no es así lo omitiremos.

Qué mala memoria,
qué mala memoria...

Te mereces mi consenso,
la catástrofe fue inmensa,
tú a Bailén, yo a Baifugona.
Ya no se aceptan más bromas,
tú me hablas de colchones,
yo te agobio con canciones,
de deseos miserables,
de una vida de desastres,
sonarán todos los clásicos
y un quejido lastimoso,
varios puntos de sutura,
todos los clichés de una ruptura.

Qué mala memoria...

Yy ahora compartimos noches
con el primero que pasa,
y abrazamos las cucharas
para ver si alguna encaja.
Y si trae comida china,
el chino del oso panda,
de repente se me enfría
y el arroz se me atraganta.

Yo soy Simon, tú Garfunkel,
yo soy Simon, tú Garfunkel...

(The New Raemon, "A próposito de Garfunkel")

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8.17.2009

MASCApalabras. Entrega 432 Manuel Castillo

"[...] Que el poder pretenda organizar (y por tanto controlar) la movilización y acción juvenil y su capacidad crítica es de risa y un síntoma más de esta sociedad burocratizada hasta el esperpento, adocenada e inmovilizada. Será porque los políticos que la impulsan nacieron, crecieron y se desarrollaron en una burbuja política, por supuesto subvencionada. Del colegio a la universidad, al partido político, al cargo público, a la lista electoral, al coche oficial, a la clase business, a la renta vitalicia y al retiro merecido tras una larga trayectoria cargada de reconocimientos, medallas, homenajes y galardones como gratitud por una subvención. Son los miembros del Club de los 3.000, integrados por jóvenes cachorros del PSOE y del PP que a los veintitantos no han conocido otra cosa que la política, el aparato del partido, un curso de cómo hablar en público y una nómina de 3.000 euros al mes como concejal, diputado o parlamentario.

Por lo menos, la generación de Felipe González y José María Aznar aprendió antes a buscarse la vida y en su juventud consideraba la política el medio para cambiar el mundo y no el fin de una plácida existencia.

El poder político anda desbocado en su objetivo de controlarlo todo hasta el mínimo detalle, de dirigir nuestras vidas. Por ello es tan importante el control de su actividad, de las cuentas públicas, de sus decisiones y pedirles explicaciones por ello [..]"

(Manuel Castillo, La Voz, 21 de diciembre de 2008)

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8.12.2009

(Sin título)

No importa si es un grito
o muchos gritos,
la niñez se esfuma
como el vapor - ahora inexistente-
de aquellos barcos
que surcaron el Missisipi.

No importa si este grito
es un llanto en caída,
se repite a un lado
y entonces hace lo mismo
en el otro lado,
todo grito siempre es un eco,
que nunca será perdido.
Que nunca se detendrá.


del poemario inédito Montañas de Aurelia

02:01 hrs.

02:01 hrs.

Ciertas cosas se revelan

diminutas, como el trigo

Somos pan.


Del poemario inédito Larga contemplación de la ciudad.

MASCApalabras Entrega 431. Rafael Azcona


egro, con un talante personal que nunca perdió.

Pertenecía a la generación de los años cincuenta, en compañía de Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Fernández Santos. Eran escritores de vino tinto servido en vaso chato en los mostradores siempre mojados de las tabernas madrileñas. Después de pasar por La Codorniz, Rafael Azcona estaba destinado a alimentar el realismo social y sin llegar a exaltar la berza como estandarte, sus escritos se llenaron de gente de un costumbrismo de pensión, de funcionarios derrotados, de chicas llenas de amor melancólico, pero un día vino a rescatarlo Marco Ferreri y se lo llevó a Italia.

Antes, en la Ibiza de los años cincuenta, donde recaló junto con las primeras aves del paraíso, Azcona descubrió que allí bastaba con ponerse un foulard para que te admitieran en cualquier fiesta, pero la Roma de los años sesenta le enseñó que a este mundo se había venido simplemente a gozar de la vida y no a atormentarse, como sucedía en España. En Roma nadie hablaba del bien morir. Allí se educaba a la gente para vivir lo mejor posible. En cambio, durante años la enseñanza en España estaba encaminada a que uno fuera al cielo y el camino más recto era no haber disfrutado nada en este mundo y haber recibido la extremaución con la bendición apostólica.

Hay alimentos que son proteína pura, sin grasa, excipientes ni colorantes. Ése era Rafael Azcona, un tipo que había logrado ese equilibrio perfecto entre la visión más tierna y desgraciada de la gente, su despecho, su compasión y su inalterable rigor. Un día supimos que estaba gravemente enfermo. Con la muerte soplándole la nuca acudía a la cita con sus amigos en el restaurante. No perdió nunca su alegría descarnada. Y al final ejecutó su última obra maestra. La muerte es una cosa muy obscena y las pompas fúnebres una muestra macabra de mal gusto. Una voz nos comunicó que Azcona había muerto cuando ya estaba incinerado. Su ideal había sido morir lo más tarde posible, en perfecto estado de salud, en la cama, dormido, y sin ningún problema. Sin dar con su cadáver tres cuartos al pregonero. Llevó bien la corta enfermedad. El médico dijo que sólo le sobraron ocho días. Hasta ese momento en la cama estuvo escribiendo un guión que trataba de gente de la calle, tributable, anónima, feliz a ratos y siempre derrotada. Una historia más de sus criaturas.

(Manuel Vicent, El País, 1 de agosto de 2009)


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MASCApalabras Entrega 430. Ernesto Cardenal


EPIGRAMA

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

(Ernesto Cardenal)


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MASCApalabras Entrega 429. Vicente Ferrer


VICENTE FERRER

Algunos de los mejores misioneros que conocí en África abandonaron la Iglesia a los pocos años. Se casaron (o se buscaron una pareja) e iniciaron una nueva vida en otro sitio. Los recuerdo en sus iglesias de ladrillo, en sus escuelas con pupitres hechos de troncos, en sus dispensarios donde muchos enfermos tenían que dormir en el suelo. Esos misioneros -y las monjas que trabajaban con ellos- son las personas más valientes que he conocido, pero un día se hartaron de hacer lo que hacían. Y no es que se cansaran de África, nada de eso, sino de las imposiciones absurdas de la jerarquía eclesiástica.

L
a Iglesia católica haría bien en preguntarse por qué la abandonan muchos de sus mejores miembros. Si un club de fútbol perdiera cada año a sus mejores jugadores, ese club tendría que llegar a la conclusión de que algo está haciendo mal en su programación deportiva. Y algo así le está pasando a la Iglesia católica, sobre todo por su obsesión patológica con el celibato y con el sexo. Jesús no parecía tener ningún temor a las mujeres, y les hablaba de tú a tú y las escuchaba y las respetaba. Algunas de las escenas más hermosas del Evangelio desprenden un delicado erotismo, como ocurre en los dos encuentros de Jesús con María, la hermana de Lázaro. Pero la Iglesia actúa de una forma muy distinta y dedica una gran parte de sus energías a despotricar contra los peligros apocalípticos del preservativo o del simple disfrute del sexo. ¿Es que no existe otro tema más importante en este mundo?

Sólo así se explica que un hombre como Vicente Ferrer, que fue jesuita y que hizo algunas de las cosas más admirables que podamos imaginar en esta tierra, se saliera de la Iglesia en 1970, después de haber sido sacerdote durante casi un cuarto de siglo. Las informaciones definen a Vicente Ferrer como un filántropo, como si fuera un Bill Gates cualquiera, pero el sustantivo es erróneo. Los filántropos firman cheques en su despacho y luego se hacen una foto en el hospital que han financiado, al que viajan en su jet privado junto con su estilista y su mayordomo y su cocinero. Y Vicente Ferrer no era así. Dormía en una vivienda humilde, comía lo mismo que comían sus vecinos de Andhra Pradesh, pensaba como ellos, hacía lo mismo que ellos. Para mejorar las condiciones de vida de una de las zonas más pobres de la India, abrió pozos, buscó créditos, combatió los tabúes religiosos y defendió a los parias de la casta de los intocables. Una de las primeras cosas que hacía era abrir un centro de planificación familiar. Nuestra inteligente Iglesia se oponía a esta iniciativa, así que ahora, en vez de tener un santo cristiano -como en realidad fue Vicente Ferrer-, tenemos que conformarnos con un "filántropo". Sea eso lo que sea.

(Eduardo Jordá, Grupo Joly, 2 de junio de 2009)

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