2.05.2013

El Desierto, primer poemario de Saúl Ibáñez


El Desierto, poemario de Saúl Ibáñez.

Imaginen un bosque, en un terreno donde no puedan ver montaña alguna, solamente imagínenlo hacia la distancia, hasta donde llegue su vista y sepan, o intuyan, que más allá continuará extendiendo su perpetuo cuerpo.

Imaginen entonces que una mano gigante comienza a arrancar a conciencia cada árbol, que pequeños y diminutos vientos talan les talan con esmero y lo que antes era un horizonte esmeralda, comienza a sufrir los embates de un sol árido, donde los ríos disminuyen, la temperatura sube y lo que era antes tierra muta, sin símbolo alguno de equivocación, en arena, fina, ardiente, masiva.

Esa misma mano actúa bajo la conciencia de un creador que sabe talar cada recuerdo para alimentar lo que será el mantra de este nuevo desierto, en un lugar donde la poesía y sus versos, sean un campo fértil para nombrar, como si fuese por primera vez, el paso de sus horas y su amor por el olvido.

Hablamos del poemario escrito por Saúl Ibáñez: El Desierto. Según Bernardo Noël, poeta francés, “La poesía = el fondo del alma revelado” frase que no puede hablar más certeramente del libro que tenemos en nuestras manos. Así como esa mano gigante modificó el entorno de ese bosque imaginario, la creación poética de Saúl también arranca partes de su alma para modificar el paisaje blanco, cuando la hoja del cuaderno aún se mantiene impoluta, en un entorno donde la carne se convierte en imagen de todo lo corpóreo es una extensión del alma.

Hablamos de un Desierto, un espacio donde ocurre toda la vida, donde los milagros se convierten en necesidad cotidiana y la travesía resulta penosa, tanto como el cuerpo aguante.

La voz del poeta postula de manera sutil ciertas reglas para la lectura del poemario, señales que cada lector interpretará para seguir el trazado que el poeta ha realizado por la aridez de ese desierto. Citaré algunos versos del poemario: “Aún puedo hacer estas cosas, / aún estoy vivo, / y ya soy viejo para desear lo contrario.” El paso del tiempo, el deterioro, la madurez, son elementos que el poeta desengrana a lo largo de toda la primera parte del poemario.

En el prólogo, Victor Alfonso Alarcón menciona certeramente al desamor como eje del poemario, sin embargo, los poemas que contiene este poemario novel, contienen también un misticismo introspectivo que puede abrir cauces más interesantes en las diversas lecturas que propicia; toda poesía debe contener esos elementos sagrados que originan las cosas que parten de la creación pura, estos versos están salpicados directamente por esa consciencia y el lector lo notará al transcurrir por los caminos de estos poemas.

La experiencia de lo cotidiano muta en los versos de Saúl, siendo este desierto también una ciudad que queda por recorrer, como un Ulises urbano, un océano que navegar a la deriva, como un Simbad que navega la memoria de las olas; como el doble del poeta, ese döppleganger que se desdobla hasta el infinito. A veces da la sensación que quien lee estos poemas, enfrentándonos uno a uno a la lectura, no es sino el propio reflejo del autor desdoblado, y en ello la virtud de este poemario al acercarse al lector como espejo en el desierto, en el cual solamente nuestros pasos nos acercarán hasta el punto en que veamos con claridad que quien se mira en ese cristal, es nuestro propio tiempo, nuestro propio desamor.

Mención especial ameritan los epígrafes que el autor ha seleccionado, serán una manera correcta de encaminar los esfuerzos del autor, entre ellos encontraremos a José Luis Villalba (con sus poemas que no están escritos aún), Julio de la Rosa, The Velvet Underground, Blacanova. No será difícil reconocer estos nombres a los lectores de esta obra, ya que es ese mismo público el que recibirá con entusiasmo la creación poética de Saúl Ibáñez, quien también ejerce como músico y voz del proyecto personal ‘Lullavy’. Mencionar esta característica del poeta, no debe distraernos de este viaje por el desierto, ya que aunque construido en el año 2008, estos poemas guardan cercanía con la intención como artista del autor, derivando su obra hacia lo musical o lo literario.

Andar este desierto requerirá del lector una empatía mínima, aunque constante y meticulosa, pues se reconocerá, con facilidad y en buena medida, mientras transcurra el poemario; esas fronteras, túneles, esos desnudos al alba que se comparten con el inmenso espacio de los cuerpos ausentes. Reconocerán los secretos que el autor ha dejado detrás de cada poema, con la misma intención con la que se abandona un libro en la acera, o como un globo que parte a la atmósfera con deseos colgando de él; los secretos que encontremos no serán quizá algo grato, quizá sean lo contrario y suceda que nos desate la sed roja, pánicos con estruendos luminosos, soledades aéreas que aterrizarán en nuestras alcobas y torne todo en llama, solamente entonces nos recorrerán por la columna los versos de Saúl: “Esto que lees no es un mirador /
y un mirador no es una trinchera, / ni una explicación.”.

Debo también mencionar alguno, de los pocos y no tan notables, fallos que encuentro en el poemario, y quizá se deba un tanto a la composición un tanto irregular del orden de los poemas. Pero también debo mencionar que esto se debe obviamente a particularidades con las cuales me enfrento siempre como lector y que me llevan a la intriga, a la búsqueda de respuestas, es decir: a la comunicación con ese autor, que en la mayoría de las ocasiones no se pueden consultar dada la lejanía territorial o del propio tiempo. Poemas como ‘Oración’ podrían encontrar mejor sitio en un lugar de privilegio del poemario, quizá cerrando la primera parte, con esos versos que llaman a un precioso ‘fade out’ “y yo me voy haciendo transparente, y yo me…” De igual manera, algunos poemas podrían alienarse, esto se debe ya al capricho y orden del propio autor, nosotros como lectores tendremos la tarea de cruzar ese desierto, con sus grutas y grandes acantilados, que el autor ha confeccionado para nuestro goce.

Ivan Vergara



Facebook - http://www.facebook.com/decomedula
 Twitter - http://www.twitter.com/_Appu_
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 Correo - decomedula@hotmail.com

 ENTRA EN LA EDITORIAL QUE HEMOS CREADO PARA ABRIR NUEVOS CAMINOS EN TORNO AL MUNDO DE LA EDICIÓN: HTTP://WWW.EDITORIALULTRAMARINA.COM
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2.05.2013

El Desierto, primer poemario de Saúl Ibáñez


El Desierto, poemario de Saúl Ibáñez.

Imaginen un bosque, en un terreno donde no puedan ver montaña alguna, solamente imagínenlo hacia la distancia, hasta donde llegue su vista y sepan, o intuyan, que más allá continuará extendiendo su perpetuo cuerpo.

Imaginen entonces que una mano gigante comienza a arrancar a conciencia cada árbol, que pequeños y diminutos vientos talan les talan con esmero y lo que antes era un horizonte esmeralda, comienza a sufrir los embates de un sol árido, donde los ríos disminuyen, la temperatura sube y lo que era antes tierra muta, sin símbolo alguno de equivocación, en arena, fina, ardiente, masiva.

Esa misma mano actúa bajo la conciencia de un creador que sabe talar cada recuerdo para alimentar lo que será el mantra de este nuevo desierto, en un lugar donde la poesía y sus versos, sean un campo fértil para nombrar, como si fuese por primera vez, el paso de sus horas y su amor por el olvido.

Hablamos del poemario escrito por Saúl Ibáñez: El Desierto. Según Bernardo Noël, poeta francés, “La poesía = el fondo del alma revelado” frase que no puede hablar más certeramente del libro que tenemos en nuestras manos. Así como esa mano gigante modificó el entorno de ese bosque imaginario, la creación poética de Saúl también arranca partes de su alma para modificar el paisaje blanco, cuando la hoja del cuaderno aún se mantiene impoluta, en un entorno donde la carne se convierte en imagen de todo lo corpóreo es una extensión del alma.

Hablamos de un Desierto, un espacio donde ocurre toda la vida, donde los milagros se convierten en necesidad cotidiana y la travesía resulta penosa, tanto como el cuerpo aguante.

La voz del poeta postula de manera sutil ciertas reglas para la lectura del poemario, señales que cada lector interpretará para seguir el trazado que el poeta ha realizado por la aridez de ese desierto. Citaré algunos versos del poemario: “Aún puedo hacer estas cosas, / aún estoy vivo, / y ya soy viejo para desear lo contrario.” El paso del tiempo, el deterioro, la madurez, son elementos que el poeta desengrana a lo largo de toda la primera parte del poemario.

En el prólogo, Victor Alfonso Alarcón menciona certeramente al desamor como eje del poemario, sin embargo, los poemas que contiene este poemario novel, contienen también un misticismo introspectivo que puede abrir cauces más interesantes en las diversas lecturas que propicia; toda poesía debe contener esos elementos sagrados que originan las cosas que parten de la creación pura, estos versos están salpicados directamente por esa consciencia y el lector lo notará al transcurrir por los caminos de estos poemas.

La experiencia de lo cotidiano muta en los versos de Saúl, siendo este desierto también una ciudad que queda por recorrer, como un Ulises urbano, un océano que navegar a la deriva, como un Simbad que navega la memoria de las olas; como el doble del poeta, ese döppleganger que se desdobla hasta el infinito. A veces da la sensación que quien lee estos poemas, enfrentándonos uno a uno a la lectura, no es sino el propio reflejo del autor desdoblado, y en ello la virtud de este poemario al acercarse al lector como espejo en el desierto, en el cual solamente nuestros pasos nos acercarán hasta el punto en que veamos con claridad que quien se mira en ese cristal, es nuestro propio tiempo, nuestro propio desamor.

Mención especial ameritan los epígrafes que el autor ha seleccionado, serán una manera correcta de encaminar los esfuerzos del autor, entre ellos encontraremos a José Luis Villalba (con sus poemas que no están escritos aún), Julio de la Rosa, The Velvet Underground, Blacanova. No será difícil reconocer estos nombres a los lectores de esta obra, ya que es ese mismo público el que recibirá con entusiasmo la creación poética de Saúl Ibáñez, quien también ejerce como músico y voz del proyecto personal ‘Lullavy’. Mencionar esta característica del poeta, no debe distraernos de este viaje por el desierto, ya que aunque construido en el año 2008, estos poemas guardan cercanía con la intención como artista del autor, derivando su obra hacia lo musical o lo literario.

Andar este desierto requerirá del lector una empatía mínima, aunque constante y meticulosa, pues se reconocerá, con facilidad y en buena medida, mientras transcurra el poemario; esas fronteras, túneles, esos desnudos al alba que se comparten con el inmenso espacio de los cuerpos ausentes. Reconocerán los secretos que el autor ha dejado detrás de cada poema, con la misma intención con la que se abandona un libro en la acera, o como un globo que parte a la atmósfera con deseos colgando de él; los secretos que encontremos no serán quizá algo grato, quizá sean lo contrario y suceda que nos desate la sed roja, pánicos con estruendos luminosos, soledades aéreas que aterrizarán en nuestras alcobas y torne todo en llama, solamente entonces nos recorrerán por la columna los versos de Saúl: “Esto que lees no es un mirador /
y un mirador no es una trinchera, / ni una explicación.”.

Debo también mencionar alguno, de los pocos y no tan notables, fallos que encuentro en el poemario, y quizá se deba un tanto a la composición un tanto irregular del orden de los poemas. Pero también debo mencionar que esto se debe obviamente a particularidades con las cuales me enfrento siempre como lector y que me llevan a la intriga, a la búsqueda de respuestas, es decir: a la comunicación con ese autor, que en la mayoría de las ocasiones no se pueden consultar dada la lejanía territorial o del propio tiempo. Poemas como ‘Oración’ podrían encontrar mejor sitio en un lugar de privilegio del poemario, quizá cerrando la primera parte, con esos versos que llaman a un precioso ‘fade out’ “y yo me voy haciendo transparente, y yo me…” De igual manera, algunos poemas podrían alienarse, esto se debe ya al capricho y orden del propio autor, nosotros como lectores tendremos la tarea de cruzar ese desierto, con sus grutas y grandes acantilados, que el autor ha confeccionado para nuestro goce.

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