5.12.2009

MASCApalabras. Entrega 428. Juan Marsé


EL EJEMPLO DE MARSÉ

Se suele decir que leer libros nos hace mejores de lo que somos, pero eso no es del todo cierto. Stalin fue un lector omnívoro, y su fervor era tan gigantesco que el poeta Osip Mandelstam llegó a comentarle un día a su mujer: "Rusia es el único país del mundo que respeta la poesía. Aquí te matan por haber escrito un poema". Y así le ocurrió al propio Mandelstam, que murió en un campo de concentración siberiano en diciembre de 1938. Hitler también fue otro lector insaciable. Leía novelas de indios y vaqueros de Karl May, que incluso recomendaba a sus generales durante la guerra, para que así aprendieran a actuar con intrepidez e imaginación, pero también leía a Shakespeare y a Cervantes, e incluso llegó a regalarle a su hermana, en 1908, un ejemplar del Quijote. Lo malo fue que también leía los folletos antisemitas de un antiguo monje cisterciense que había fundado una Nueva Orden Templaria en un castillo junto al Danubio. A Hitler no le quedó nada de la piedad de Cervantes ni de la grandeza de Shakespeare. Y en cambio, durante toda su vida fue un febril antisemita que soñaba con cruces gamadas y con una nueva orden de templarios que tuviera castillos a lo largo de todo el mundo.

Digo todo esto porque a veces tendemos a mitificar la lectura. Los libros, por sí mismos, no ayudan a nadie a ser mejor persona, ni siquiera a ser más libre o más sabio. A veces suele ocurrir todo lo contrario, como les pasó a Hitler y a Stalin. Es más, el hecho de creerse cultos porque habían leído muchos libros les llevó a ser más fanáticos y más crueles. De algún modo, se sentían autorizados a hacer lo que hacían porque habían leído mucho y habían aprendido muchas cosas que los demás ignoraban. Pero éste fue el gran error de Hitler y Stalin: leían para aprender, no para disfrutar ni entretenerse, no para dudar de todo lo que habían leído hasta entonces. La belleza, la verdad, la grandeza del arte les importaba un pimiento. Sólo les interesaba encontrar en los libros una frase que les permitiera reafirmarse en los prejuicios que ya tenían.

Por eso me alegra que el gran Juan Marsé, en su discurso de aceptación del Premio Cervantes, insistiera en la idea de que hay que leer para divertirse. Hitler y Stalin siempre tuvieron que vivir con el resentimiento de no haber sido "intelectuales". Juan Marsé nunca sufrió este resquemor absurdo. Cuando era joven trabajó en un taller de joyería. Luego trabajó en París de mozo en un laboratorio. Todo lo que aprendió lo aprendió de sus amigos, o leyendo tan tranquilo en un rincón, pero por placer, por diversión, no para llegar a ser un "intelectual" cargado de ideas. Cada vez hay menos lectores, pero no serían tan pocos si los profesores de literatura siguieran el ejemplo de Juan Marsé.

(Eduardo Jordá, Grupo Joly, 25 abril de 2009)

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www.mascapalabras.info

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5.12.2009

MASCApalabras. Entrega 428. Juan Marsé


EL EJEMPLO DE MARSÉ

Se suele decir que leer libros nos hace mejores de lo que somos, pero eso no es del todo cierto. Stalin fue un lector omnívoro, y su fervor era tan gigantesco que el poeta Osip Mandelstam llegó a comentarle un día a su mujer: "Rusia es el único país del mundo que respeta la poesía. Aquí te matan por haber escrito un poema". Y así le ocurrió al propio Mandelstam, que murió en un campo de concentración siberiano en diciembre de 1938. Hitler también fue otro lector insaciable. Leía novelas de indios y vaqueros de Karl May, que incluso recomendaba a sus generales durante la guerra, para que así aprendieran a actuar con intrepidez e imaginación, pero también leía a Shakespeare y a Cervantes, e incluso llegó a regalarle a su hermana, en 1908, un ejemplar del Quijote. Lo malo fue que también leía los folletos antisemitas de un antiguo monje cisterciense que había fundado una Nueva Orden Templaria en un castillo junto al Danubio. A Hitler no le quedó nada de la piedad de Cervantes ni de la grandeza de Shakespeare. Y en cambio, durante toda su vida fue un febril antisemita que soñaba con cruces gamadas y con una nueva orden de templarios que tuviera castillos a lo largo de todo el mundo.

Digo todo esto porque a veces tendemos a mitificar la lectura. Los libros, por sí mismos, no ayudan a nadie a ser mejor persona, ni siquiera a ser más libre o más sabio. A veces suele ocurrir todo lo contrario, como les pasó a Hitler y a Stalin. Es más, el hecho de creerse cultos porque habían leído muchos libros les llevó a ser más fanáticos y más crueles. De algún modo, se sentían autorizados a hacer lo que hacían porque habían leído mucho y habían aprendido muchas cosas que los demás ignoraban. Pero éste fue el gran error de Hitler y Stalin: leían para aprender, no para disfrutar ni entretenerse, no para dudar de todo lo que habían leído hasta entonces. La belleza, la verdad, la grandeza del arte les importaba un pimiento. Sólo les interesaba encontrar en los libros una frase que les permitiera reafirmarse en los prejuicios que ya tenían.

Por eso me alegra que el gran Juan Marsé, en su discurso de aceptación del Premio Cervantes, insistiera en la idea de que hay que leer para divertirse. Hitler y Stalin siempre tuvieron que vivir con el resentimiento de no haber sido "intelectuales". Juan Marsé nunca sufrió este resquemor absurdo. Cuando era joven trabajó en un taller de joyería. Luego trabajó en París de mozo en un laboratorio. Todo lo que aprendió lo aprendió de sus amigos, o leyendo tan tranquilo en un rincón, pero por placer, por diversión, no para llegar a ser un "intelectual" cargado de ideas. Cada vez hay menos lectores, pero no serían tan pocos si los profesores de literatura siguieran el ejemplo de Juan Marsé.

(Eduardo Jordá, Grupo Joly, 25 abril de 2009)

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