9.08.2009

Prólogo escrito para el recital Gustos culpables.


Apetitos culpables.


Me gustaba probarme la ropa de mi madre, en aquellos días cuando todavía medíamos la misma estatura y quedarme solo en casa no significaba un problema para que ella pudiese dedicarse a lo suyo, sin tener que preocuparse del niño. Seguramente mi afición por usar falda, en cuanto me es posible, venga de aquellos años en los que me convertía en un pequeño travestido y difícilmente veía distancia entre un sexo y otro. No hay día de calor en este paraje andaluz en el que no intuya que esas piernas femeninas, apenas cubiertas por una caricia de tela y la mirada capciosa de quienes ciertamente las intuimos, sean dueñas del viento que hace nido entre ellas, y sean las mismas culpables de la envidia de la mezclilla y la pana, libres y a sus anchas, esas faldas que llevan el mundo entero dentro. Por lástima mis piernas no son nada hermosas, y seguramente lo serían mucho menos si me atreviese a depilarlas / expondría todas las cicatrices que me surcaron y me acompañan desde mi infancia como niño / motivo que no impide tenga el apetito alerta, pendiente de la oportunidad del exhibicionismo, sea en forma de verso, día de muertos, noche de disfraces o anexos. Culpable porque no me atrevo. Culpable porque el gusto siempre es algo natural.


Apetitos culpables llenan la veracidad del creador, se llenan de la ingente y golosa estética de la metáfora y la alegoría cuando a callar se aprende, cuando nos dejamos seducir por la vergüenza del rostro límpido, ausente de cualquier retrato que envejezca por nosotros. Gustos cercanos, escondidos al juicio popular, vivos en la intimidad y la cercanía de lo verdadero, de la negación de la negación.


En el albor del siglo XXI la poesía busca y abre nuevos caminos de difusión, sea en el campo de la edición, como en la presentación / representación / de la poesía. Una generación de poetas jóvenes marcha por el sendero cíclico de la tradición y la ruptura, pero por primera vez integra por completo al mundo tangible con la insubstancialidad del mundo digital y sus inminentes cauces. Poetas que juegan en un territorio donde se borran las fronteras y confluye un pensamiento global; a cada cual su tiempo: sagrado, burócrata, urbano, estridente.


La poesía de principios del siglo XXI se está cauterizando con el arribo de la poesía a un plano de representación escénico en el que confluyen otras artes. Recitales deudores de la tradición iniciada a principios del siglo XX, entre las vanguardias de la época, en la que los performers crearon y desarrollaron propuestas en las que la libre acción de la representación efímera, veraz e incisiva, poseía la génesis de lo poético en lo escénico; pocas décadas después, los recitales de poesía han mutado en ejercicios con mayor referencia hacia la representación, así como hacia la conjunción de las artes en torno a la poesía; a una desvinculación con la lectura de salón que tanto daño ha redituado al género.


El salvaje urbanismo de los setentas y ochenta ha hecho mella en una generación de creadores jóvenes, cercanos al mundo digital y sus posibilidades, en el desarrollo y difusión de la poesía. Las aulas universitarias han sido nidos de grupos y colectivos poéticos, referencia obligatoria para entender el desarrollo de la poesía joven en el país, aunque algunos de los ejercicios más arriesgados y con propuestas contemporáneas no han pertenecido exclusivamente a ese núcleo: bares, salas de cultura, salones de lectura, plazas públicas, son los escenarios modernos de la poesía, o de la lectura de ella en público, que finalmente reditúa en representación escénica. Diversos colectivos de la ciudad de México participan en comuniones populares en torno a la palabra, el verso, la rima y la experiencia. De interés habrá que mencionar las actividades realizadas por el colectivo en torno a la editorial Verso destierro, los esfuerzos trasatlánticos de hermanamiento entre regiones por la Plataforma de Artistas Chilango Andaluces, o el trabajo de lecturas de poesía en lugares públicos realizado por el colectivo Las Poetas del Megáfono.


El colectivo DOS10 aúna el esfuerzo de poetas y gestores culturales en torno a una preocupación: vincular la música, el video, la poesía y la representación de la misma. Entre ellos destaca la presencia de una vitalidad urbana, salvaje y campechana ante la solemnidad del verso, ante la suculencia de lo efímero; al contacto sensual de la garganta al oído y más adentro.


Placeres culpables bucean en la conciencia del creador, sus formas son múltiples y sus cabezas muchas y frondosas. Los poetas del colectivo DOS10 saben de ellos, les degustan, les palpan, sin regodeos o inclinaciones, fluyen; qué más da si estos gustos aparecen en forma de comerciales de televisión y sea la espera entre transmisiones el embrión de futuros versos, tal y como menciona el poeta Jorge Sosa, quien en sus poemas, dedicados a la fijación por los actores de los comerciales y su vuelta a la vida en la mente del creador, sea quien les envuelva de un misticismo propio al de las estrellas del espectáculo. Paola Tinoco recrea a través de cierta ironía en torno a las fiestas populares, la caída hacia el miedo turbio del enfrentamiento con el núcleo familiar y el recuerdo inmediato, ante la hipocresía de tales encuentros, a la irrealidad de unos lazos que permanecen profundos y férreos ante el espanto o la resignación. La música en los versos de Javier Moro, referencia primera al Salón Tropicana, apuntan a la época de oro de los salones de baile, donde hay “Espejos que cuentan las horas muertas, / en las que los hombres beben en silencio, / rodeados de mujeres tristes[1], de prostitutas, que como el humo más profundo, calan en la memoria del poeta. Anuar Zuñiga remite en sus versos a la conducta idealizada de los héroes de historieta, donde los personajes del Libro vaquero optan por batirse en último duelo con la doble moral de sus lectores; en él, el poeta aloja el morbo y el interés de espaldas, que en algún momento, cualquiera de sus lectores persigue. Carlos Ramírez deambula por una ciudad roja de violencia y asco, un rojo seco que arde, una ciudad de nota roja en la que “Hay que burlarnos de la muerte / Hacerle el amor cuantas veces sea posible”[2], en la que el poeta se mofa de ella: la ciudad/poesía, en el placer de partir. Finalmente el poeta Juan Carlos Gordillo emula la cualidad del pervertido, su inclinación hacia el autoerotismo, a la flagelación y al castigo como ente vivo y deseado, un poeta que imprime a sus versos de un tiempo seco, duro como mazorca curtiéndose bajo el sol, fiel a la lluvia que da vida a un cuerpo: al hombre de maíz, profundidad de mito.


Apetitos o gustos culpables, sean ellos bienvenidos y retribuidos ecuánimemente, sea en verso, en carne, en experiencia mística, compartida en el exceso oscuro de la habitación o en el reflejo absorto del público. Respiremos hondo hasta que el silencio que les hemos atribuido sea lluvia y esta ciudad se ahogue en ellos, libres finalmente de la sin razón del armario y su prisión.


Ivan Vergara

Rota, Cádiz. Septiembre 2009.



[1] Fragmento del poema Tropicana, de Javier Moro.

[2] Fragmento del poema Ciudad roja, de Carlos Ramírez.


Share:

0 comentarios:

9.08.2009

Prólogo escrito para el recital Gustos culpables.


Apetitos culpables.


Me gustaba probarme la ropa de mi madre, en aquellos días cuando todavía medíamos la misma estatura y quedarme solo en casa no significaba un problema para que ella pudiese dedicarse a lo suyo, sin tener que preocuparse del niño. Seguramente mi afición por usar falda, en cuanto me es posible, venga de aquellos años en los que me convertía en un pequeño travestido y difícilmente veía distancia entre un sexo y otro. No hay día de calor en este paraje andaluz en el que no intuya que esas piernas femeninas, apenas cubiertas por una caricia de tela y la mirada capciosa de quienes ciertamente las intuimos, sean dueñas del viento que hace nido entre ellas, y sean las mismas culpables de la envidia de la mezclilla y la pana, libres y a sus anchas, esas faldas que llevan el mundo entero dentro. Por lástima mis piernas no son nada hermosas, y seguramente lo serían mucho menos si me atreviese a depilarlas / expondría todas las cicatrices que me surcaron y me acompañan desde mi infancia como niño / motivo que no impide tenga el apetito alerta, pendiente de la oportunidad del exhibicionismo, sea en forma de verso, día de muertos, noche de disfraces o anexos. Culpable porque no me atrevo. Culpable porque el gusto siempre es algo natural.


Apetitos culpables llenan la veracidad del creador, se llenan de la ingente y golosa estética de la metáfora y la alegoría cuando a callar se aprende, cuando nos dejamos seducir por la vergüenza del rostro límpido, ausente de cualquier retrato que envejezca por nosotros. Gustos cercanos, escondidos al juicio popular, vivos en la intimidad y la cercanía de lo verdadero, de la negación de la negación.


En el albor del siglo XXI la poesía busca y abre nuevos caminos de difusión, sea en el campo de la edición, como en la presentación / representación / de la poesía. Una generación de poetas jóvenes marcha por el sendero cíclico de la tradición y la ruptura, pero por primera vez integra por completo al mundo tangible con la insubstancialidad del mundo digital y sus inminentes cauces. Poetas que juegan en un territorio donde se borran las fronteras y confluye un pensamiento global; a cada cual su tiempo: sagrado, burócrata, urbano, estridente.


La poesía de principios del siglo XXI se está cauterizando con el arribo de la poesía a un plano de representación escénico en el que confluyen otras artes. Recitales deudores de la tradición iniciada a principios del siglo XX, entre las vanguardias de la época, en la que los performers crearon y desarrollaron propuestas en las que la libre acción de la representación efímera, veraz e incisiva, poseía la génesis de lo poético en lo escénico; pocas décadas después, los recitales de poesía han mutado en ejercicios con mayor referencia hacia la representación, así como hacia la conjunción de las artes en torno a la poesía; a una desvinculación con la lectura de salón que tanto daño ha redituado al género.


El salvaje urbanismo de los setentas y ochenta ha hecho mella en una generación de creadores jóvenes, cercanos al mundo digital y sus posibilidades, en el desarrollo y difusión de la poesía. Las aulas universitarias han sido nidos de grupos y colectivos poéticos, referencia obligatoria para entender el desarrollo de la poesía joven en el país, aunque algunos de los ejercicios más arriesgados y con propuestas contemporáneas no han pertenecido exclusivamente a ese núcleo: bares, salas de cultura, salones de lectura, plazas públicas, son los escenarios modernos de la poesía, o de la lectura de ella en público, que finalmente reditúa en representación escénica. Diversos colectivos de la ciudad de México participan en comuniones populares en torno a la palabra, el verso, la rima y la experiencia. De interés habrá que mencionar las actividades realizadas por el colectivo en torno a la editorial Verso destierro, los esfuerzos trasatlánticos de hermanamiento entre regiones por la Plataforma de Artistas Chilango Andaluces, o el trabajo de lecturas de poesía en lugares públicos realizado por el colectivo Las Poetas del Megáfono.


El colectivo DOS10 aúna el esfuerzo de poetas y gestores culturales en torno a una preocupación: vincular la música, el video, la poesía y la representación de la misma. Entre ellos destaca la presencia de una vitalidad urbana, salvaje y campechana ante la solemnidad del verso, ante la suculencia de lo efímero; al contacto sensual de la garganta al oído y más adentro.


Placeres culpables bucean en la conciencia del creador, sus formas son múltiples y sus cabezas muchas y frondosas. Los poetas del colectivo DOS10 saben de ellos, les degustan, les palpan, sin regodeos o inclinaciones, fluyen; qué más da si estos gustos aparecen en forma de comerciales de televisión y sea la espera entre transmisiones el embrión de futuros versos, tal y como menciona el poeta Jorge Sosa, quien en sus poemas, dedicados a la fijación por los actores de los comerciales y su vuelta a la vida en la mente del creador, sea quien les envuelva de un misticismo propio al de las estrellas del espectáculo. Paola Tinoco recrea a través de cierta ironía en torno a las fiestas populares, la caída hacia el miedo turbio del enfrentamiento con el núcleo familiar y el recuerdo inmediato, ante la hipocresía de tales encuentros, a la irrealidad de unos lazos que permanecen profundos y férreos ante el espanto o la resignación. La música en los versos de Javier Moro, referencia primera al Salón Tropicana, apuntan a la época de oro de los salones de baile, donde hay “Espejos que cuentan las horas muertas, / en las que los hombres beben en silencio, / rodeados de mujeres tristes[1], de prostitutas, que como el humo más profundo, calan en la memoria del poeta. Anuar Zuñiga remite en sus versos a la conducta idealizada de los héroes de historieta, donde los personajes del Libro vaquero optan por batirse en último duelo con la doble moral de sus lectores; en él, el poeta aloja el morbo y el interés de espaldas, que en algún momento, cualquiera de sus lectores persigue. Carlos Ramírez deambula por una ciudad roja de violencia y asco, un rojo seco que arde, una ciudad de nota roja en la que “Hay que burlarnos de la muerte / Hacerle el amor cuantas veces sea posible”[2], en la que el poeta se mofa de ella: la ciudad/poesía, en el placer de partir. Finalmente el poeta Juan Carlos Gordillo emula la cualidad del pervertido, su inclinación hacia el autoerotismo, a la flagelación y al castigo como ente vivo y deseado, un poeta que imprime a sus versos de un tiempo seco, duro como mazorca curtiéndose bajo el sol, fiel a la lluvia que da vida a un cuerpo: al hombre de maíz, profundidad de mito.


Apetitos o gustos culpables, sean ellos bienvenidos y retribuidos ecuánimemente, sea en verso, en carne, en experiencia mística, compartida en el exceso oscuro de la habitación o en el reflejo absorto del público. Respiremos hondo hasta que el silencio que les hemos atribuido sea lluvia y esta ciudad se ahogue en ellos, libres finalmente de la sin razón del armario y su prisión.


Ivan Vergara

Rota, Cádiz. Septiembre 2009.



[1] Fragmento del poema Tropicana, de Javier Moro.

[2] Fragmento del poema Ciudad roja, de Carlos Ramírez.


No hay comentarios:

Patreon

Patreon
Crowdfunding

Recibe La Firma del Caracol

Why We O!

Era Hombre Era Mito Era Bestia

Era Hombre Era Mito Era Bestia
Nuevo Poemario, ya a la venta!

Gabinete Salvaje

Gabinete Salvaje
7ª Temporada

Contemporáneos

Contemporáneos
2ª Temporada - Sevilla

RCA / Recital Chilango Andaluz

Tienda Ultramarina

Tienda Ultramarina
Todos los títulos de nuestra editorial y más.

Blog Archive

Appu Fav´s Spotify

Appu Poemario en Descarga Gratuita

Entradas populares

Blog Archive

Páginas vistas en total